¿Quién dijo que ser fiel es sinónimo de lo correcto? Para la periodista peruana Gabriela Wiener, detrás de la infidelidad está la más satisfactoria de las sensaciones.
He sido infiel a todos. Lo he sido en una escalera, en varios autobuses, en decenas de hoteles sin estrellas y bajo un cielo estrellado, en una playa, en un parking, en un museo, en un abismo, en sus narices. He sido infiel un Viernes Santo, un Día de la Madre, una Navidad y hasta durante un golpe de Estado. Borracha y sobria, despierta y dormida. Les fui infiel con mis vecinos, con los suyos, con mis compañeros de estudio, con mis compañeros de trabajo, con mis exnovios, con mis amigos, con mis amigas, con los novios de mis amigas, con sus mejores amigos, con sus otros yos, con extraños fascinantes y con extraños, simplemente. Con seis el mismo día, con dos la misma noche, con tres en la misma cama. Fui infiel sobre todo a mis infidelidades. Y, por supuesto, me casé con una de ellas.
Lo confieso: nunca pude ser fiel. No tengo vocación de perro. Al principio, pensé que tenía que ver con mi falta de carácter o mi escasa habilidad para imponer mis deseos frente al otro, para vivir con cierta coherencia. ¿Cómo disfrutar del buen sexo delictivo sin sacrificar los domingos de película y desayuno en la cama? ¿Cómo reservarme la emoción de los encuentros clandestinos sin dejar de dormir abrazada a un cuerpo amado y protector? ¿Cómo vivir sin una carta bajo la manga? Una voz dentro de mí me decía: “No puedes tenerlo todo. Tienes que elegir”, pero yo nunca he podido elegir. Lo quise todo. Pero lejos de achacar mis contradicciones a la “sociedad” y a la “educación católica”, decidí subvertir el amor, ese modelo imperfecto, esa trampa mortal que me había condenado irremediablemente a las miserias de la doble vida. Así inicié una guerra de guerrillas. Si todavía no estaban fijadas las bases para una auténtica revolución humana me veía en la obligación de trabajar por el cambio, desde la ilegalidad: participar en reuniones secretas con mis ocasionales amantes, escribirles cartas cifradas y perpetrar ataques indiscriminados contra objetivos reaccionarios, es decir mis parejas. Siempre me he creído el personaje de la infiel vengadora que lucha por la libertad al margen de la ley. Salía por las noches, con mi antifaz y mi traje de látex remendado, a colocar pequeñas cargas de dinamita junto al muro de la monogamia. Volvía al amanecer, más sola que nunca. Y más feliz.
Por eso, solo hay una cosa de la que estoy segura: nunca somos tan buenas amantes como cuando estamos traicionando a nuestro marido. La frase es en realidad un giro de una muy célebre de Marilyn Monroe en la que se refería a lo maravillosos que son en la cama los hombres casados. La muy puta. Pero habría que agregar que también lo son los hombres celosos, a los que hemos pinchado con el aguijón de la duda. Los Otelos tienen orgasmos mucho más poderosos y expulsan más cantidad de esperma que un hombre seguro del amor que le profesan. Sus pequeños espermatozoides son como soldaditos de La guerra de las galaxias dispuestos a despedazar a los espermatozoides del enemigo. Visto así, deberían darme las gracias por esos dolorosos orgasmos. Los teóricos de la evolución afirman que los varones se sienten más inquietos por la infidelidad sexual porque pone en peligro la reproducción, mientras que a las mujeres nos inquieta la infidelidad emocional porque pone en peligro nuestro hogar. Mentira. Nos inquieta la infidelidad emocional porque sabemos diferenciar el sexo del amor. La mayoría de hombres, en cambio, son tan miopes que suelen dolerse más por el adulterio sexual de ese “monstruo de ojos verdes que se burla del pan que lo alimenta” (yo), que de la auténtica traición amorosa.
Uno es infiel en gran parte y casi siempre, y lamentablemente, porque, como dice uno de mis escritores favoritos, Philip Roth, “si no te vuelven loca los vicios de tu marido te vuelven loca sus virtudes”. Aunque las estadísticas digan que la infidelidad “virtual” es para la víctima igual de dolorosa que una “real”, hay que ser muy histéric@ o muy exagerad@ para terminar una sólida relación por culpa de un inofensivo y tórrido chat que dejaste abierto por descuido, acto fallido o intentona suicida. El infiel patológico, qué duda cabe, siempre quiere ser descubierto: únicamente para que alguien lo ayude a terminar de una vez por todas —porque él solo no puede— con la angustia que supone llevar una vida sentimentalmente esquizoide.
Yo fui infiel pero la gente cambia. No sé si es acaso la endiablada sabiduría de la especie o si es solo que nos gusta construir edificios de concreto alrededor de una flor, lo único cierto es que llega un día en que hasta una infiel patológica no puede ser más infiel, como si se le acabaran las pilas y se interrumpiera el ciclo reproductivo de los cuernos. Herida de clandestinidad, decide ser infiel a sí misma, la única persona que le faltaba o eso cree la infiel. ¿Dónde está esa mujer que encontraba la miel de la vida en brazos ajenos?, se preguntará. Se mirará al espejo avergonzada de sí misma. Para entonces, la pareja conformada por Otelo y la infiel patológica se habrá invertido: la infiel es ahora una celosa y el celoso, un maldito infiel. Pero la historia de mis cuernos la tendrá que contar otro.
Algunas razones para tener en mente al momento de escoger entre la chica del bar o la de la biblioteca, la del maquillaje corrido o la del morral repleto de libros.
Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)
Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.
Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.
Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.
Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.
Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.
Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.
Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.
No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.
Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.
Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.
Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.
Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.
Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.
¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.
Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.
Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.
Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.
Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.
Why so little looting in Japan? It's not just about honesty.
By Christopher BeamPosted Wednesday, March 16, 2011, at 6:27 PM ET
If your home was hit by a 9.0-magnitude earthquake, a tsunami, and radiation from a nuclear power plant, you'd be forgiven for not remaining calm. Yet that's what many Japanese quake victims appear to be doing. People are forming lines outside supermarkets. Life is "particularly orderly," according to PBS. "Japanese discipline rules despite disaster," says a columnist for The Philippine Star.
Anyone who has seenBig Bird in Japan knows the shorthand for Japanese culture: They're so honest and disciplined! They're a collective society! They value the group over the individual! Of course they're not going to steal anything after the most devastating natural disaster of their lifetimes—unlike those undisciplined thieves in post-Katrina New Orleans and post-earthquake Haiti. Even if they're desperate for food, the Japanese will still wait in line for groceries.
There's a circularity to these cultural explanations, says Mark D. West, a professor at University of Michigan Law School: "Why don't Japanese loot? Because it's not in their culture. How is that culture defined? An absence of looting." A better explanation may be structural factors: a robust system of laws that reinforce honesty, a strong police presence, and, ironically, active crime organizations.
Honesty, with incentives. Japanese people may well be more honest than most. But the Japanese legal structure rewards honesty more than most. In a 2003 study on Japan's famous policy for recovering lost property, West argues that the high rates of recovery have less to do with altruism than with the system of carrots and sticks that incentivizes people to return property they find rather than keep it. For example, if you find an umbrella and turn it in to the cops, you get a finder's fee of 5 to 20 percent of its value if the owner picks it up. If they don't pick it up within six months, the finder gets to keep the umbrella. Japanese learn about this system from a young age, and a child's first trip to the nearest police station after finding a small coin, say, is a rite of passage that both children and police officers take seriously. At the same time, police enforce small crimes like petty theft, which contributes to an overall sense of security and order, along the lines of the "broken windows" policy implemented in New York City in the 1990s. Failure to return a found wallet can result in hours of interrogation at best, and up to 10 years in prison at worst.
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Police presence. Japan has an active and visible police force of nearly 300,000 officers across the country. Cops walk their beats and chat up local residents and shopkeepers. Police are posted at ubiquitous kobans, police boxes manned by one or two officers, and in cities there's almost always a koban within walking distance of another koban. A survey in 1992 found that 95 percent of residents knew where the nearest koban was, and 14 percent knew the name of an officer who worked there. Cops are paid well—the force attracts many college graduates—and can live in cheap government housing. They also care a lot about public relations: The Tokyo Metropolitan Police even has a mascot, Pipo-kun, whose name means "people + police." They're good at their jobs, too: Theclearance rate for murder in 2010 was an unbelievable 98.2 percent, according to West—so unbelievable that some attribute it to underreporting.*
Organized crime. Police aren't the only ones on patrol since the earthquake hit. Members of the Yakuza, Japan's organized crime syndicate, have also been enforcing order. All three major crime groups—the Yamaguchi-gumi, the Sumiyoshi-kai, and the Inagawa-kai—have "compiled squads to patrol the streets of their turf and keep an eye out to make sure looting and robbery doesn't occur," writes Jake Adelstein, author ofTokyo Vice: An American Reporter on the Police Beat in Japan, in an e-mail message. "The Sumiyoshi-kai claims to have shipped over 40 tons of [humanitarian aid] supplies nationwide and I believe that's a conservative estimate." One group has even opened its Tokyo offices to displaced Japanese and foreigners who were stranded after the first tremors disabled public transportation. "As one Sumiyoshi-kai boss put it to me over the phone," says Adelstein, " 'In times of crisis, there are not Yakuza and civilians or foreigners. There are only human beings and we should help each other.' " Even during times of peace, the Yakuza enforce order, says Adelstein. They make their money off extortion, prostitution, and drug trafficking. But they consider theft grounds for expulsion.
That's not to say that a culture of reciprocity and community doesn't play a role in the relatively calm response to the quake. It's just that these characteristics are reinforced by systems and institutions. Adelstein quotes an old Japanese saying that explains the reciprocal mindset: "Your kindness will be rewarded in the end. Charity is a good investment." But there's a flipside, too: Unkindness will be punished.
Correction,March 17, 2011: This article originally misattributed data on the clearance rate for murder to Jake Adelstein. In fact, that statistic was provided by Mark D. West. (Return to the corrected sentence.)
Datos adicionales:
Lugar Causa Muertes
Nueva Orleans(más afectado) Huracán Katrina 2005 mil 836 personas y 705 desaparecidos
Haití terremoto/el cólera 2010-presente 217 mil por el terremoto/más de 4 mil 625 (y contando)
No crean todo lo que se dice en los medios de comunicación, busquen en fuentes no interesadas en vender, vaya, civiles que estén en Japón. Esto porque a las grandes empresas sólo les interesa crear y mantener el pánico para tener alto raiting, sobre todo TV Azteca y Televisa, lo hacen sin ninguna ética, ni respeto a familiares preocupados por quienes viven allá. Para muestra un botón: http://manuel.midoriparadise.com/2011/03/el-circo-de-los-medios-con-la-situacion-en-japon/